Crónicas de Diversas Fiestas

Hubo un tiempo en que Selas estuvo más poblado, bastante más poblado. Familias numerosas, trabajos y sacrificios, fogones, mesas camillas con brasero bajo sus faldas y tradiciones calentaban los años que iban pasando entre los muros de piedra, adobe y caliche que, hoy bastantes en ruinas, jalonan sus calles. Un pueblo, mi pueblo, que ya no es lo que era. Calles desiertas, casas abandonadas, pajares hundidos, parideras sin recinto, cabaña sin rebaños; todo fruto de la emigración; un éxodo y una despoblación que cumplen ya los cuarenta años.

Hoy se respira una sensación de abandono y soledad. Donde ayer hubo escuelas y casas para los maestros, ermitas, caseríos diseminados, molinos y serrerías, venta y posada, hospital y cobertizos, tiendas de ultramarinos y tabernas, Casa Cuartel de la Guardia Civil, casas para forestales, capataces y camineros de "Obras Públicas", resina, cosechas y ganado, niños y juegos, sacerdote, médico y secretario, hombres y mujeres, fiestas y tradiciones, hoy queda silencio, ancianos y jubilados, casas abandonas y ruinas que claman (reclaman y proclaman) la historia que hubo y que probablemente nadie más contará; sólo perdurarán algunas casas nuevas, la iglesia por encarnar valores trascendentes y el cementerio que, a pesar de la despoblación, se queda pequeño porque los que emigraron lo quieren para descanso de sus huesos.

Hoy es un pueblo diezmado y, como Dios no lo remedie, su ocaso próximo será el de un pueblo muerto, sólo resucitado esporádicamente por el regreso esporádico de nostálgicos del recuerdo y de lo rural en las vacaciones estivales. Ya no hay sacerdote, ni médico, ni secretario, ni maestros, ni niños, ni guardias civiles, ni funcionarios, ni alguacil, ni cartero, ni picadores, ni resineros, ni leñadores, ni agricultores, ni ganaderos, ni pastores, ni cabreros, ni vaqueros, ni albañiles... Los servicios ya no se anuncian a toque de campana, de bocina o cuerno como antaño, según su diversidad y variedad. Hoy todos saben a lo mismo, a agujas de reloj o a pitidos de coche. Incluso las campanas perdieron su polifacético y plural lenguaje; hoy su tintineo es igual que el de mañana y el de ayer; su llamada es interpretada por los vecinos según la hora y el día en que se produce.

Mirando a lo que fue y a lo que hoy descubro en mi pueblo, me pregunto con nostalgia y hasta con pena: ¿se merecía esto mi pueblo? ¿Por qué el abandono al que se ha llegado por parte de sus gentes y por negligencia de las instituciones públicas? ¿Habría antídoto para el envejecimiento galopante de su población? Y, al mismo tiempo, ¿cómo aprovechar la vuelta al turismo rural, al senderismo, al segundo hogar? ¿Es suficiente el nacimiento de la recién estrenada casa rural? ¿Bastan para dar vida a todo un pueblo la casa rural, la persistencia de un agricultor apunto de recibir la jubilación y el trabajo de un vaquero a tiempo parcial?

A pesar de todo ello el pueblo se está remozando. Está recuperando nuevos aires, otro talante, está recibiendo nueva vida los fines de semana y en épocas vacacionales. El rostro del pueblo también está cambiando. Calles que se arreglan, casas que se reconstruyen, edificios de nueva planta levantados sobre cerrados que no se cultivan.

Es sobre todo, el entusiasmo de la asociación cultural "La Minerva" y su centro social quienes potencian unas actividades que muestran espíritu aglutinador de quienes viven en la diáspora.

Sin pretender poner una pica en Flandes y sumido en el pesar de no poder ir a Selas la tarde de un viernes, 31 de enero, como tenía programado, aprovecho sus horas vespertinas para expresar mis sentimientos.

El temporal de frío y nieve que se extiende por toda la península Ibérica me tiene pegado al transmisor de radio con la esperanza de recibir noticias favorables para emprender el viaje a Selas como otros fines de semana. A través del teléfono móvil recibo informaciones de compañeros más arriesgados. El mal estado de la autovía Madrid-Barcelona, la incesante nevada y las recomendaciones de la Guardia Civil de Tráfico les hace desistir del empeño y tienen que regresar a Madrid. Alguno había llegado hasta Alcolea del Pinar, a 35 Km. de la meta.

No se trata de un viernes cualquiera, de otro más de los 52 del año. Es la víspera de los preparativos para instaurar y restaurar la Fiesta de las Candelas, una fiesta con muchos años ya sin historia y casi sin recuerdo. Por eso me siento más nostálgico y como obligado a escribir esta crónica de una tradición a recuperar del pueblo de Selas.

Dejo la crónica de la Fiesta anterior para otros. Sé que están en esa "guerra" intentando su activación, recogiendo datos, costumbres y tradiciones, incluso dando vida a personajes y vestuarios. Desde aquí invito a compañeros más afortunados que yo, porque participaron en las fiestas del pasado, que atesoran en sus recuerdos algunas vivencias y conocedores de primera mano de lo que en su día aconteció, a que asuman y se tomen la molestia de poner por escrito recuerdos y vivencias.

Nos reclaman esto los "niños sin pueblo" que corretean por las calles de Selas en el verano, los "jóvenes de aluvión" que sólo son capaces de soportar la falta de discoteca y de noche cuando el pueblo está en fiestas, los "nostálgicos" para resucitar vivencias perdidas de infancia y juventud que reclaman resurrección y los "integrados" en la tranquilidad y silencio de pueblo pequeño que han descubierto y encontrado aquí su segundo hogar.