El médico decía que el niño estaba demasiado débil, ordenaba entonces que para que la comida le alimentara más tenía que masticar cada bocado treinta y tres veces en cada lado de la boca, lo que hacía un total de sesenta y seis veces de molicie antes de la ingesta. Paquito siempre había sido lento en esto del comer, pero ahora, con las nuevas instrucciones, Paquito no se levantaba de la mesa, enlazaba el desayuno con la comida, la comida con la merienda, y la merienda con la cena. Cuando acababa de cenar era tan tarde que se iba directamente a la cama. Así, los días de Paquito pasaban sentados a la mesa, acompañados por su madre, otras veces por su hermana, y casi siempre por su abuela, junto a la ventana que daba a la calle donde jugábamos nosotros.
Al principio los amigos esperábamos junto a la ventana a que terminara de comer para ir todos a jugar, pero al tercer día de espera comprendimos que Paquito iba a pasarse todo el verano masticando, así que desde entonces nos limitamos a jugar frente a su ventana o a saludar cada vez que bajábamos la cuesta con las bicis y pasábamos bajo su mirada, entonces gritábamos Paquitoooooooo, que era como nuestro Jerónimo de la cuesta abajo en bici y sin frenos.
El médico seguía yendo a ver a Paquito, trataba de comprender por qué a pesar del reposo y de la sosegada alimentación el niño no mejoraba, más bien parecía empeorar; entonces el médico insistía: asegúrense de que rumia las treinta y tres veces con cada lado antes de tragar el bocado. Desde entonces Paquito se vio acompañado por la monotonía de las sucesiones: él comía y quien le acompañara contaba los bocados. Hasta su abuela, que nunca había sido demasiado hábil para esto de las cuentas, llegó a contar perfectamente los treinta y tres primeros números.
Pero Paquito seguía languideciendo. Las viejas del pueblo, negras como moscas, murmuraban a la sombra de la iglesia diciendo que el niño no pasaría del verano. Nosotros no supimos eso hasta años después. Nosotros a lo nuestro: Paquitooooooo.
Un día jugábamos un partido contra los del pueblo de al lado. No había tantos niños de la misma edad en el pueblo, así que tuvimos que ir a por Paquito, en última instancia haría de portero. Mientras unos cuantos rompíamos un cristal del otro lado de la casa haciendo que la abuela dejara su obligación numérica para correr detrás de nosotros con la escoba, otro grupo sacaba a Paquito de la casa por la ventana desde la que nos miraba. Nunca se sabrá la cara que puso la abuela al ver que su nieto se había fugado, nada en comparación con la que habría puesto si hubiera visto a Paquito sentado en el paquete de mi bici, bajando la cuesta a toda velocidad sin frenos y gritando los dos al tiempo: Paquitoooooo.
Llegamos al egido a tiempo para el partido. Los del otro equipo ponían cara de duros, tenían sus bicis aparcadas junto a los chopos. Habían venido todas las chicas de nuestro pueblo para animar. Antes de empezar el partido le dimos unos guantes a Paquito y le señalamos la portería: Paquito fue el portero. El peor portero que jamás ha tenido ningún equipo. Todas las chicas gritaban Paquitooooooo cada vez que los del otro pueblo se acercaban a nuestra portería. Y Paquito ponía toda su atención, pero era en vano. La pelota siempre se colaba entre sus huesos.
Paquito fue nuestro portero. El peor portero del mundo. Pero seguramente el más feliz.